martes 29 de marzo de 2011

El Jardín del mundo

La propuesta es amorosa y de muy muy muy buen sabor:
Los invito a enviarme los dibujos que les dispare el relato de abajo a compisonica@gmail.com

Déjense llevar por el Paint, hagan collage, saquen fotos, crayones, dedos con sangre, lo que venga! Postearé lo que me envíen al blog!
a colorearrrr

El jardín del mundo

No sé si los astros colaboraron para que ese lugar se presentara ante mis ojos de una manera bellísima, o si simplemente mi mirada despertó esa noche.
El jardín era un paraíso. No me pude dar cuenta de esto hasta pasadas dos horas de habitarlo.
Sencillamente, comencé a notar los colores y a sorprenderme por la prolijidad de la naturaleza en aquel rincón del mundo.
Para ser sincera, una reunión con amigos puede ser maravillosa en cualquier punto del planeta. Lo extraño, o lo diferente, es que ya habíamos bebido cerveza en ese jardín. Habíamos bebido cerveza, vino, champagne, fernet, gaseosas, agua, mate, jugo, tereré.
No pretendo con este detalle consagrar la cebada como un trago eufórico y revelador, pero debo confesar que, en mi catálogo de hábito, ha pasado de ser una simple bebida a un pequeño misterio con gas.
Tampoco quiero atribuir la belleza mágica del jardín a cuestiones inherentes a la estación del año porque es estrictamente insostenible que la ornamentación preciosa pertenezca a un mundo metódico e invariable.
Se me ocurre, habiendo cerrado los ojos por un buen tiempo luego de tanta maravilla, que quizá hoy ya no esté de ese modo, que tal vez la noche haya sido una suerte de milagro espacial y que probablemente, cuando regrese, el jardín vuelva a adquirir sus colores, olores y longitudes de siempre, a ser lo que fue durante toda su existencia: un jardín lindo y ya.
Me intimida la opinión de sus dueños (si es que alguien puede considerarse amo de tanta suntuosidad) que acaso puedan considerar esta representación un poco tosca y completamente fuera de lugar. En ese caso, si de verdad su jardín siempre fue el jardín del mundo, debo admitir, con tristeza y turbación, que mis ojos han nacido ayer y que me atemoriza lo que pueda manifestarse en lo que queda de territorio.
Como sea, habiendo considerado ya la posibilidad del sueño propio de mi mente distraída y cansada del automatismo de la vida, luego de reflexiones dignas del pesimismo y con ayuda de recuerdos vagos sobre otras noches semejantes a las de ayer, la pintura se presenta real.
Recuerdo el perfil bajo del verdecito apenas entraba yo en su sitio, como intentando no regalarse de entrada, cubriéndose con gamas insulsas y apaciguando sus aromas serios.
A metros de la mesa donde mis manos reposaban tranquilas, comenzaba la selva infantil, el puñado de hojas vivas. Concluido el tiempo de asentamiento y sosiego, comencé a notar los pequeños regalos del momento:

1) EL TECHO DE FLORES
Encima de mi cabeza ubicada en posición sur-este encontré la primera sorpresa. No fue violento el movimiento que hice para mirar por encima de mí, diría que una mano de aire movió lentamente mi cabeza para que mis ojos queden observando fijamente el cielo ficticio. Allí arriba, una multitud de hombrecitos disfrazados de arbolitos vivos se envolvían entre sí para generar resistencia a la caída y, como si fuera poco amoroso, algunos fabricaban más brazos para sostener a otros que, desafortunados, carecían de extremidades.

Como acrílicos indemnes, un colchón de flores rosas se posaba en los hombrecitos, afeminándolos y empapándolos con suavidad natural.
El techo era una comunidad de amor revolcándose sobre risas y vasos de magia. Las ramas ocultaban el verdadero cielo con la total inteligencia que posee alguien que sabe que lo oculta es infinitamente inferior a cualquier otra pintura viable del momento.

2) HAMACA DE A DOS:
A siete metros de mi brazo izquierdo, unas hamacas gemelas (que de gemelas tenían muy poco) se mecían lentamente, como jugando con los niños del viento, queriendo navegar la noche en apenas una leve y silenciosa marea nocturna.

3) ARBUSTO CON FORMA DE CASA:
Quién hubiera imaginado que detrás de la pelopincho sin uso reposaba la casa de algún duende obsesivo. Dos puertas me invitaban a ingresar a un mundo que no me atreví a conocer.
Detrás, asomaban dos galpones viejos estilo Warner Bross. Despedían aroma a ficción muy pertinente.

4) DE UN TECHO DE FLORES A UN TECHO DE FLORES DEL QUE DESCIENDEN GUSANOS
Pasadas las dos horas de convivencia, criaturas increíbles comenzaron a descender del ya mencionado cielo de abrazos: gusanos de colores.
Parecían fosforescentes, pendían en una especie de baba que respondía a una estética muy apropiada, y sus apariciones eran esporádicas.
Las larvas se deslizaban sólo lo suficiente y se quedaban cerca nuestro como protegiéndonos, o quizás avivándonos para que despertemos en la sinceridad contextual.

Si me hubiera alejado de ese lugar, si acaso hubiera podido despojarme de mi cuerpo y cual cámara de televisión bosquejar un zoom out, quizás este relato carecería de forma puesto que con tanta fotografía de golpe se me hubiera hecho difícil continuar con las palabras.
Evoco el espacio y me castigo por no haberlo recorrido con mis pies, hasta que comprendo lo elemental: el espectador es pasivo, pero de una pasividad tan explosiva que dan ganas de ir a ver todas las obras estéticas del mundo.
Anhelo una noche así en todos los lugares que me resta conocer, siempre y cuando el sol permanezca dormido.