Admito que mi cabeza ya tiene un par de ángulos. Patético.
Voy a trabajar en eso.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
lunes, 22 de septiembre de 2008
Jugo de naranja
Yo ya lo dije
mis defensas se hacen las que no están
pero están
ahí
disfrazadas de virus y bacterias
ahí
miralas
se hacen las malas
los análisis de sangre no las detectan
pero quién mejor que yo
para descubrirlas
y reírme con ellas por su broma de mal gusto.
mis defensas se hacen las que no están
pero están
ahí
disfrazadas de virus y bacterias
ahí
miralas
se hacen las malas
los análisis de sangre no las detectan
pero quién mejor que yo
para descubrirlas
y reírme con ellas por su broma de mal gusto.
sueño
Estoy en la vuelta al mundo, precisamente ahí, el ángulo cambia, dispara, estoy abajo. De la máquina comienzan a caer cadáveres hacia el río.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Dibujo
- Me desayuné tu voz sin despertar.
- Me llenaste de buenas palabras.
- Me preguntaste si podía llevarte conmigo.
- No tengo ningún viaje planeado.
- No tengo cómo ir.
- Me está costando no tragar tierra.
- No soy mágica.
- No sé volar.
- Te estás olvidando de muchas cosas.
- Me idealizás
- Me inventás.
- Me gusta tu voz de Cindor.
- Me llenaste de buenas palabras.
- Me preguntaste si podía llevarte conmigo.
- No tengo ningún viaje planeado.
- No tengo cómo ir.
- Me está costando no tragar tierra.
- No soy mágica.
- No sé volar.
- Te estás olvidando de muchas cosas.
- Me idealizás
- Me inventás.
- Me gusta tu voz de Cindor.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Tilcara
55 - 20 = 35
No hay abismos entre ella y yo. Las únicas diferencias son: un par de viajes a Cuba que me faltan, una tristeza muy grande en el corazón y hervir porotos hasta que ardan.
manos a la obra.
No hay abismos entre ella y yo. Las únicas diferencias son: un par de viajes a Cuba que me faltan, una tristeza muy grande en el corazón y hervir porotos hasta que ardan.
manos a la obra.
lunes, 25 de agosto de 2008
Centímetros y lágrimas
En mi máximo espiral de egoísmo, me pinto con frustración en aerosol.
La vida me resulta escasa.
Es corta, como una barra de yapa. La vida es corta.
Si soy lo mejor de algo o en algo, si me disfrazo de Carmen Maura, o derrito sentimientos en un libro bello, si creo una publicidad gigante de conejos de colores o si invento el cubirrealismo. No me sirve. Me muero. No estoy.
Encuentro satisfactorios cientos de poemas pero sé que sus autores se fueron a jugar a una escondida de adultos.
Están muertos como mi abuela pronto, o como Orson Wells. Muertos como mi tortuga que dejé al sol sin darme cuenta, muertos como la punta de mis dedos en este momento helado.
No quiero convencerme de que peor sería nada. O que le dejo mi esencia a la humanidad. La humanidad son millones de nenes rubios o de chocolate que se miran y hacen algo, por nada. No me alcanza. La vida como un sol mediocre.
El egoísmo es malo, negro, egoísta. Y también corto.
La vida me resulta escasa.
Es corta, como una barra de yapa. La vida es corta.
Si soy lo mejor de algo o en algo, si me disfrazo de Carmen Maura, o derrito sentimientos en un libro bello, si creo una publicidad gigante de conejos de colores o si invento el cubirrealismo. No me sirve. Me muero. No estoy.
Encuentro satisfactorios cientos de poemas pero sé que sus autores se fueron a jugar a una escondida de adultos.
Están muertos como mi abuela pronto, o como Orson Wells. Muertos como mi tortuga que dejé al sol sin darme cuenta, muertos como la punta de mis dedos en este momento helado.
No quiero convencerme de que peor sería nada. O que le dejo mi esencia a la humanidad. La humanidad son millones de nenes rubios o de chocolate que se miran y hacen algo, por nada. No me alcanza. La vida como un sol mediocre.
El egoísmo es malo, negro, egoísta. Y también corto.
sábado, 16 de agosto de 2008
Cuentito de colores
Luego de muchos años, en un pueblo muy bonito ubicado en las afueras del imperio yankee, existían hombres distintos.
Hombres vegetarianos que gozaban sin prejuicios, que escribían con la boca y besaban con los dedos.
Hombres sonrientes, felices y concientes de su felicidad.
Una de las mejores cosas que ellos tenían, eran las mujeres con las que se acostaban.
Estas sorprendentes muchachas, además de inteligentes y hermosas, eran magas. Practicaban la magia en la cama, en la cocina y hasta en el baño. Podían elegir la cantidad de orgasmos por acto sexual, e incluso manipular el momento de climax del hombre de acuerdo a sus necesidades.
En el pueblo, las mujeres normales se sentían rechazadas y muy inferiores. Una jovencita, llamada Monti, estaba muy empecinada con vivir la experiencia de estar con uno de estos hombres tan llamativos. Decidió solucionar su carencia de poderes mágicos ideando un plan: se maquilló, colocó su sinceridad en un taper de bananas que solía coleccionar y llenó de azúcar el relleno de su lencería roja para simular hacer caramelo sobre uno de estos señores en el momento del acto. El plan no era muy convincente porque se tenía que llegar a una temperatura bastante alta para que salga perfecto, pero nada detuvo a Monti.
Se presentó en la zona donde residían. Uno de ellos, Eugenio, la miró. Ella se sonrojó y luego intentó revelar una actitud más superada. Enseguida se hablaron y él la invitó a tomar té a su casa.
Luego de que Eugenio sirvió las dos tazas, se dio cuenta de que le faltaba azúcar, así que le dijo: Linda maga, ¿por qué no hacés aparecer una montañita de azúcar así nos endulzamos un poco? Monti se sintió muy nerviosa. Respondió: ¿por qué no me dejás endulzarte en la cama?
El hombre se sorprendió. Aceptó y la comió a besos sin cedrón. En un intento desprevenido le sacó el corpiño de un tirón y su cuerpo quedó mágicamente lleno de azúcar. Se rió, la miró, la besó. Sus dedos olían a Monti.
Minutos después, la jovencita inteligente se dirigió al baño. Hizo pis y cuando se estaba secando con papel descubrió algo extraño. Sonrió y volvió a su casa feliz.
A partir de ese día, Monti practicó millones de trucos diferentes para engañar a Eugenio y a cualquiera de sus amigos y nunca más volvió a estar con un hombre normal.
Este cuento me ayudó a entender que además de coger bien los hombres especiales acaban arcoiris.
Hombres vegetarianos que gozaban sin prejuicios, que escribían con la boca y besaban con los dedos.
Hombres sonrientes, felices y concientes de su felicidad.
Una de las mejores cosas que ellos tenían, eran las mujeres con las que se acostaban.
Estas sorprendentes muchachas, además de inteligentes y hermosas, eran magas. Practicaban la magia en la cama, en la cocina y hasta en el baño. Podían elegir la cantidad de orgasmos por acto sexual, e incluso manipular el momento de climax del hombre de acuerdo a sus necesidades.
En el pueblo, las mujeres normales se sentían rechazadas y muy inferiores. Una jovencita, llamada Monti, estaba muy empecinada con vivir la experiencia de estar con uno de estos hombres tan llamativos. Decidió solucionar su carencia de poderes mágicos ideando un plan: se maquilló, colocó su sinceridad en un taper de bananas que solía coleccionar y llenó de azúcar el relleno de su lencería roja para simular hacer caramelo sobre uno de estos señores en el momento del acto. El plan no era muy convincente porque se tenía que llegar a una temperatura bastante alta para que salga perfecto, pero nada detuvo a Monti.
Se presentó en la zona donde residían. Uno de ellos, Eugenio, la miró. Ella se sonrojó y luego intentó revelar una actitud más superada. Enseguida se hablaron y él la invitó a tomar té a su casa.
Luego de que Eugenio sirvió las dos tazas, se dio cuenta de que le faltaba azúcar, así que le dijo: Linda maga, ¿por qué no hacés aparecer una montañita de azúcar así nos endulzamos un poco? Monti se sintió muy nerviosa. Respondió: ¿por qué no me dejás endulzarte en la cama?
El hombre se sorprendió. Aceptó y la comió a besos sin cedrón. En un intento desprevenido le sacó el corpiño de un tirón y su cuerpo quedó mágicamente lleno de azúcar. Se rió, la miró, la besó. Sus dedos olían a Monti.
Minutos después, la jovencita inteligente se dirigió al baño. Hizo pis y cuando se estaba secando con papel descubrió algo extraño. Sonrió y volvió a su casa feliz.
A partir de ese día, Monti practicó millones de trucos diferentes para engañar a Eugenio y a cualquiera de sus amigos y nunca más volvió a estar con un hombre normal.
Este cuento me ayudó a entender que además de coger bien los hombres especiales acaban arcoiris.
Escuchar con los ojos
Hoy descubrí que la música se hace con los ojos.
Se mira.
Es celeste, marrón, verde, negra, a veces amarilla. Pero no excede de eso.
Se mira.
Es celeste, marrón, verde, negra, a veces amarilla. Pero no excede de eso.
viernes, 15 de agosto de 2008
Jueves pasado
Me desperté confundida, como de costumbre. Mi compañera no estaba, así que decidí prepararle una sorpresa.
Coloqué el sillón violeta arriba de la cama. El televisor quedó dado vuelta, mirando una pared de colores distantes.
Plagué el piso con almohadones, unos más gorditos que otros.
Borré las paredes escritas, barnicé el balcón. Corté la línea de teléfono, desconecté la térmica, encendí sahumerios. Prendí el equipo de cuerdas y sintonicé las radios más tiernas.
Escondí el sol y me compré muchas estrellas que vestí con mis atuendos más bonitos.
En Egipto si robaban un imperio bastaba con mirar los ojos de un gato para saberlo, así que conseguí (prestado) un siamés pequeño y le pedí que registre con sus celestes agujeritos el preciado momento.
Cuando terminé, abracé las estrellas y me senté a esperar.
jueves, 14 de agosto de 2008
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